18 de Enero (2ª Parte) | ørdez | 2023
—ørdez
Benja se vistió y llamó a Zoe.
—Benja, ¿estás bien? —interrogó la voz de Zoe.
—He estado mejor, pero ya casi no me duele la herida del disparo. Dime, ¿qué es eso tan importante?
Zoe tragó saliva antes de contestar. Carraspeó.
—Es posible que yo tenga algo que ver con lo de Marino, pero…
—¿Qué? —le cortó Benja. —¿Y me lo dices ahora?
—Espera, Benja. Escúchame.
—¡No quiero escucharte! Estáis todos locos en este pueblo. Me voy, que es lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo.
Benja se encaminó hacia la puerta de su casa, cogió las llaves de su coche y un abrigo de su padre y salió. Zoe le gritaba al otro lado del teléfono, pero él no la escuchaba. De hecho, creía que había colgado. Llegó hasta la ribera donde había dejado el coche. Entonces, se dio cuenta de que aún estaba en llamada y por tan solo un segundo se puso el móvil en el oído.
—¡Benja, van a por ti!
De pronto, su coche ardió en llamas. Benja dio un grito agudo y empezó a correr.
—¡Ven a las cabañas, rápido!
Benjamín obedeció sin rechistar.
Tras veinte minutos de carrera, Benjamín llegó hasta los meandros del río Matapinos. Ahí estaban los diez integrantes de la comunidad hippie de pie, esperándole. Todos se alegraron al verle llegar. Le dieron una manta y le acompañaron a la cabaña de León, el líder de la comunidad.
—Benjamín, hijo. ¿Me escuchas? —preguntó León.
Él no contestó, estaba sufriendo un ataque de pánico. León mandó a dos que trajeran una infusión y a otros dos que le subieran a su futón.
Benjamín durmió más de quince horas. Cuando despertó, ya era de madrugada. Cinco de los integrantes estaban de pie, observándole. Se levantó confundido. Le ofrecieron otra infusión y Benja, con la boca tan seca que le sabía a metal, la aceptó de buen grado. León apareció al poco tiempo e hizo marchar a los demás.
—Hijo, —empezó —¿te encuentras bien? —Benjamín asintió. —Me alegro. Tienes tus cosas sobre la mesilla —informó señalándola. —Pero no hemos encontrado ninguna cartera.
—Se me debió de caer al venir.
—Bueno, no importa, ya no la necesitarás más —anunció León.
—¿Cómo dices?
—Acompáñame.
Benjmín, confuso, le siguió hasta la entrada de la choza. De pronto, en medio de la noche, una luz anaranjada le iluminó la cara. Su casa, la de su padre más bien, estaba en llamas. Con los chasquidos lejanos de ese pequeño punto naranja en la lejanía, sintió como también ardían todos sus recuerdos con su padre. Las lágrimas le bajaban por la cara.
—Benjamín, —empezó León, agarrándole de los hombros y clavando la mirada —tienes dos opciones ahora. Agustín, Jonás, sus hijos y sobrinos y toda su familia va a por ti. Y es por mi culpa. Puedes huir, buscar una nueva vida y volver a la ciudad y todos lo respetaremos. Pero si decides quedarte, podemos fingir que has muerto en esa casa y terminará esta cacería contra ti. Lo siento, sé que eres inocente, pero ahora solo puedes huir hacia delante. Todo esto comenzó hace un mes, con la muerte de tu padre y si te quedas, te daré respuestas a todas tus preguntas, te cuidaremos como uno más, podrás disfrutar de la paz y todos tus perseguidores creerán que estás muerto, incluso aunque vivas a un kilómetro de sus puertas. Dime, hijo, ¿qué es lo que quieres hacer?
Benjamín lloraba, pero ya no de pena, sino de rabia. Quería enterarse de todo. Quería volver a empezar. Y quería venganza. Asintió.
Esa misma noche, celebraron su bautizo en la comunidad mientras Gorka y Marco desenterraban un cuerpo del cementerio y lo metían en la casa, aún en llamas. Después, vistieron a Benjamín, le cortaron el pelo, le tiñeron de negro y arrojaron sus gafas al fuego. No era totalmente indistinguible, pero nadie le buscaría parecidos con un muerto mientras no fuese muy notorio. Y no iba a serlo.
—Hoy, para todos, Benjamín ha muerto —sentenció León. —Hoy, renace de nuevo con un nuevo nombre: Ignaz, que significa “el que viene del fuego”.
Todos aullaron y abrazaron al nuevo integrante de su comunidad.
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