19 de Enero (1ª Parte) | æklef | 2023

 aeklef

19 de Enero

Aquella gélida noche de enero Ignaz la pasó en vela. León le había acompañado hasta la cascada del bosque.

—Debes esperar despierto a la salida del sol, porque junto al sol nacerá Ignaz.  Debes de esperar mirando a la cascada, comprendiendo la eternidad que se comprime en tan solo una gota de agua. Debes conjugar la contradicción del agua que te dio la vida y el peligro de ese mismo agua extinguiendo tu fuego. Debes hacerlo en esta cascada. Creéme, esta cascada guarda muchos más secretos y respuestas de las que tu crees, está cascada te revelará pronto respuestas. 


Poco sabía Ignaz que detrás de esa cascada estaba la razón por la que Benjamín había muerto. La causa que hizo añicos su pequeño sueño de reintegrarse en el pueblo. Desde el otro lado del agua, todavía permanecía intacta la estatuilla de la Virgen del Pilar, esa triste figura que había desatado la tragedia en San Damián. 


Ignaz pensó al principio. Pensó en su padre. Pensó en el disparo. Pensó en qué demonios era lo que estaba haciendo con su vida. Pensó en huir. Pensó en volver. Pensó y al rato se hartó de pensar. 


—Deja de pensar en cosas de Benja. Ya no eres él. Benja murió en el incendio. Ya no eres él. Ahora eres Ignaz. Ignaz. Ignaz— se dijo así mismo.


El ruido de la cascada era tan estridente y sus pensamientos tan acaparadores que Ignaz no se dio cuenta de que cuatro miembros de la comunidad se habían apostado según los cuatro puntos cardinales a su alrededor para velar su noche de nacimiento. Tan estridente era el ruido de la cascada que ninguno de los veladores escuchó el quebranto de las ramas y la hojarasca que se rompían en mil pedazos bajo las botas de tres caminantes. Se acercaron desde el noroeste.  Zoe no sintió acercarse a aquellas sombras de la noche. 


—Estas no son horas de pasearse sola por el bosque, señorita —la increpó una sombra de la noche.

—¿Y a ti qué más te da lo que haga yo con mi vida?

—Tienes razón, no me importa. Pero…

Antes de que la sombra terminara la frase, Zoe encendió su linterna para descubrir, entre los árboles denudos, a dos guardias civiles vestidos de uniforme y con sus pistola reglamentaria en la cintura rodeando al alcalde, que llevaba colgada su escopeta de caza.

—Pero lo que sí me importa, perroflauta de mierda, es lo que haces con la vida de Benjamín —sentenció el alcalde. —Acto seguido los dos guardias civiles empezaron a caminar alrededor de Zoe. —¿Dónde está?

—No sé de qué me hablas.

—¿Dónde está?

—¡Lo habéis matado! ¡Lo habéis quemado vivo en su casa!


Antes de que pudiera gritar, uno de los policías la inmovilizó desde atrás tapando su boca. La linterna cayó al suelo. Pero ya no era necesaria, el amanecer se acercaba. El alcalde se acercó a ella. Zoe podía sentir su aliento. 


—No juegues conmigo, maldita zorra. En mi pueblo nadie juega conmigo, ¿me oyes? ¡En mi puto pueblo nadie juega conmigo! Ahora bien, mocosa, no me hagas perder la paciencia. Te voy a dar una oportunidad. No la pierdas o, de lo contrario, te van volar los sesos. No la pierdas, ¿de acuerdo, bonita?  Sabemos que secuestraste a Benja. Sabemos que os lo habéis traído a esta secta. Sabemos que todavía, si es que todavía está vivo, anda por aquí. Y, si no está vivo, sabemos que sabéis dónde está su cadáver. Así que dime, bonita. ¿Dónde está Benja? 


Las lágrimas se abarrotaban en los ojos de Zoe. Apenas podía respirar. La mano del policía le oprimía la nariz con tanta fuerza que se sentía al borde del desmayo. 


—Voy a contar hasta tres. Cuando llegue a tres, Ernesto va a retirar su mano de tu rostro y entonces me dirás dónde está Benja. Recuerda, solo tienes una oportunidad. Como hagas algo que no sea decirme dónde está Benja, te juro que al instante tu sangre regará este bosque. Solo tienes una oportunidad, bonita. Eres joven, no eches a perder tu vida. ¿He sido claro? Por supuesto que ha sido caro. Una sola oportunidad. Uno. Dos.


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