II—El Informático y el Rinoceronte

Palabras clave: rinoceronte, llaves de coche, batería.

 En la sala hay tres tipos de personas bien diferenciadas. Los primeros son los nuevos, los que no suelen hacer cosas de este estilo, los que necesitan el curro realmente. A los que les tiemblan las piernas, están inquietos, empapados de sudor y tienen ojos de no haber dormido.
 Los segundos son los que ya están experimentados. No necesitan hacer esto, pero han pensado que con unos cuantos palos más se pueden comprar un Mazda amarillo y presumirlo por el barrio. Han venido en chándal y están aburridos en su silla, algunos incluso dormidos, esperando a que él les llame.
 El tercero es una única persona. El único que es capaz de estar completamente serio, de pie, inmóvil, con la mirada al frente. Dos metros de planta, cien kilos dentro del frac y un cráneo duro como el granito le hacen respetarse y recibir el nombre por el que se le conoce: el Rinoceronte. Es el guarda más fiel del Sr. Jiménez y se rumorea que ha terminado con la vida de todos los que han intentado rebelarse contra él. 
 El oficinista llama al informático. Como es de imaginar, el informático es del primer tipo y su camisa de rayas está empapada por el sobaco. Se levanta y va hacia la puerta, intentando con todas sus fuerzas no mirar al Rinoceronte cuando pasa junto a él.
—Buenos días —saluda el Sr. Jiménez cuando entra.
 El informático le devuelve el saludo mientras cierra la puerta. Se aproxima hacia la mesa con cierto pavor y, ante la invitación del anfitrión, se sienta.
—Dime, ¿qué tienes para mí? —invita Jiménez. El informático saca un maletín y lo abre. Dentro hay una batería de litio enorme. El Sr. Jiménez la examina unos segundos y se recuesta en su silla—Parece que no nos equivocábamos contigo. Dentro de...
 Entonces, el oficinista entra apresurado y llama al jefe. Este, tras una breve disculpa, sale de la sala.

 "Esa debe de ser la señal del agente Hernán", piensa el informático. Ha repasado lo que tiene que hacer cientos de veces. Saca las llaves del coche, levanta la chapita que esconde el microprocesador y lo coloca bajo la batería de litio. Lo habría hecho antes, pero Hernán le advirtió que le revisarían el maletín al entrar. Ahora tiene que invertir el cátodo, sustituir el ánodo y retirar el separador. ¿O era invertir el ánodo? No, no puede ser. Justo cuando cierra el maletín, dudoso de si lo ha hecho bien, nota cómo los ojos del Rinoceronte están plasmados en su cara, observándole impasible a través de la veneciana.
 "Maldita sea", piensa. Hernán no me avisó de esto. De pronto, la puerta se abre, dándole un vuelco a su corazón y entra el Sr. Jiménez, que se ríe al ver su sobresalto.
 —Puedes marcharte, va a venir alguien a quien tengo que atender sí o sí. Mañana por la mañana recibirás el pago. —El informático asiente y se levanta —¡Rino! Acompáñale al ascensor.
 Al informático se le eriza la piel y se queda blanco. El Rinoceronte le acompaña por el pasillo, sin decir nada. "¿Me habrá visto?", piensa. El Rinoceronte se frena frente al ascensor mientras el informático sube. Las puertas se cierran, dejándole respirar al fin. No está seguro de si ha activado bien el explosivo, pero tiene que largarse ya de ahí. "Y pensar que todo esto empezó por gastarle un broma al presidente."

 Está ya en dirección al coche cuando el ascensor se vuelve a abrir. Se gira y ve una enorme figura salir de él. "Me han descubierto." Corre despavorido hacia su única vía de escape; ha dejado la ventana abierta por si pasaba esto. Salta de cabeza al asiento del conductor y cuando se coloca, ve que tiene al Rinoceronte justo delante. Un aliento se escapa de sus pulmones.
—Necesitará esto —le dice el Rinoceronte mostrando las llaves del coche.
 Con un hilo de voz le da las gracias, arranca el coche y sale del aparcamiento.

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