1 de Enero (1ª Parte) | ørdez | 2023
—ørdez
El chupinazo resonó en el cielo nocturno. Los vítores y las felicitaciones crearon una fina niebla de ruido que muy pocas veces llenaba San Damián de los Pinares.
—¡Dios bendiga a esta familia! —exclamaba el alcalde Cosme frente a una mesa navideña con sus dos hijas, su mujer y el tío Jonás.
Aún tenía las manos manchadas de la pólvora del petardo y era consciente de que al día siguiente, esa chica tan radical, Zoe, la nieta de la difunta Marisol, le reprendería por provocar aquel estruendo que seguramente había asustado a sus chuchos, pero el alcalde era feliz en el ahora, no necesitaba más.
Marino lo estaba celebrando desde el bar con los de siempre. Hacía poco había conseguido reabrirlo y debía aprovechar cualquier oportunidad para amortizarlo. Estaba repartiendo doce uvas a todos los que habían ido. Tras conseguir sintonizar con las campanadas con una señal más que decente, celebró el año y sirvió una copita de champán a todos. Agustín cruzó al otro lado de la barra y le abrazó. Marino estaba feliz. San Damián podía salvarse.
Zoe ya había conseguido calmar a Nata y a Ketchup después de semejante susto. Los dos labradores jugaban ahora con la alfombra. Decidió sacarlos a dar una vuelta, confiando en que el paleto de Cosme no lanzase otro cohete. Fue por el Camino del Molino, intentando evitar la muchedumbre. La Casa de Doña Balvina estaba bien iluminada desde la reforma y los perros corrieron hacia ella, temerosos del camino oscuro. Balvina estaba asomada al balcón y la saludó. Se felicitaron el año mutuamente.
—Oye, que no me meen en la puerta, eh —advirtió Balvina.
—Descuide —tranquilizó Zoe mientras tiraba de Nata con disimulo, que ya tenía la pata trasera levantada.
Sin embargo, había una persona de los orgullosos ciento catorce habitantes de San Damián que estaba totalmente solo. Alguien que paseaba como un ánima perdida por los caminos no iluminados. Benjamín sollozó, ya nada era igual sin él. Había pasado una semana desde su entierro, al que no había asistido por vergüenza y aún tenía pendiente ir a ver su tumba, cuando reuniera el suficiente valor.
Nunca fue un buen padre. Era mal hablado, poco cariñoso, arisco y tenía problemas de ira cuando las cosas se complicaban. Y sin embargo, se le hacía un mundo que ya no estuviera junto a él. Le era imposible tener ahora que recoger las cosas de esa casa destartalada y quizá intentar venderla. “¿Quién iba a querer comprar una casa en este pueblo?”, pensó. Quizá a alguno de los chicos del pueblo, los del grupo de Zoe, les interesase mudarse de esas cabañas en las que vivían a una casa más grande. Pero no podía venderla.
Debía volver a su sitio, a la ciudad, donde tenía su vida, su gente. Pero algo le impedía coger el coche y volver. Quería respuestas. Quería entender por qué su padre era así, por qué la gente del pueblo se aferraba a no abandonarlo, por qué desde que había llegado sentía esa mezcla entre cariño y amargura. Tenía demasiadas cosas por resolver como para regresar a Madrid.
Llegó hasta la calle principal y casi por resorte entró al bar. Marino se sorprendió.
—¡Benja! ¿Qué tal? ¿Ya has ido a ver a tu padre? —interrogó.
—De eso vengo —mintió.
—¿Entonces te marchas ya?
—De hecho, Marino, creo que voy a quedarme una temporada. —Aquella afirmación fue tan liberadora que incluso sonrió.
—Me alegra oír eso —dijo Marino dándole un toque en hombro. —San Damián te necesita.
Gran comienzo … espero con ansia la continuación de Ordez o Eaklez
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