14 de Enero | ørdez | 2023

 —ørdez
14 de Enero

Benja abrió los ojos. Estaba en un hospital. Se sentía con la boca extremadamente seca. Intentó pedir ayuda, pero tan solo le salió un halo insonoro. Al poco, un enfermero le vio y entró al cuarto. Sorprendido, avisó al doctor mientras vigilaba a Benja.

—Llevas una semanita de siesta, príncipe. ¿Qué tal te encuentras?

Benja intentó contestar pero tan solo se hizo daño en la garganta. Con gestos consiguió agua. El enfermero le apuntó con una linterna a las pupilas.

—¿Sabes como te llamas, amor? —le preguntó el enfermero.

—Benjamín —consiguió pronunciar.

—¿En qué año estamos, Benjamín? —interrogó con una voz dulce mientras seguía chequeando sus constantes.

—2023. —“Menudo año, y acaba de empezar”, pensó.

Benjamín cerró los ojos. Recordó discutir con Marino, forcejearon y su escopeta se disparó. Le dio en el hombro. Perdió mucha sangre. Realmente pensó que iba a morir, pero, por suerte, Afîl estaba en la casa de en frente arreglándole las cañerías a doña Margarita, la viuda del antiguo alcalde don Felipe y, al escuchar los gritos y asistir en socorro, se encontró el panorama y evitó que se desangrara. “Le debo una”, pensó Benjamín mientras se tocaba el hombro, ya cicatrizado.


Después de un interrogatorio con el herido en el que no se esclareció nada, la policía determinó que Marino permanecería en prisión hasta que en el juicio se pusieran de manifiesto los hechos y le recomendaron a Benja no irse muy lejos de Soria hasta entonces. A la tarde, le pusieron un cabestrillo y le dieron el alta, pero no sabía a dónde ir. Le preocupaba cómo iba a reaccionar la gente del pueblo. 

Debía volverse a Madrid, olvidarse de todo aquello, recuperar su vida normal. Pensó en llamarla a ella. Sí, ella le escucharía en esa ocasión. Es cierto que la última vez que hablaron no habían acabado muy bien, pero si le quedaba alguien de confianza en la capital, era ella.

La llamó. Un tono, dos tonos, tres y cuatro. Benjamín se empezó a preocupar. Al quinto, una voz al otro lado contestó.

—Hola… —empezó la voz de Sara.

—¡Hola, Sara! ¿Qué tal todo? ¿Estás por Madrid…?

—...si quieres dejarme un mensaje, hazlo después del pitido. —El tono sonó de nuevo.

Benja colgó. Pues tampoco la tenía a ella. 


Entonces, una mano le dio un toque en el hombro.

—¡Benja! —Él se dio la vuelta ilusionado, pensando que era Sara, pero no.

—Oh, ¿Zoe? ¿Qué haces aquí? —preguntó Benja al ver a la hippie frente a él.

—Pues he venido a verte, de parte de los del pueblo. Por eso de que te han pegado un tiro y tal —se rio.

—Ah, gracias, supongo. ¿Qué tal las cosas por ahí? ¿Alguien sabe algo de por qué Marino me disparó? No recuerdo casi nada de los últimos momentos. Creo que dijo algo de mi padre.

—Sí, yo también oí algo cuando le detuvo la guardia civil, algo sobre tu padre. Pero bueno, no le des mas vueltas. —Susurró —me ha dicho doña Balbina que le daba mucho a la bebida. —Se acercó aún más a Benja —Y a otras cosas —indicó dándose toquecitos en la nariz. —A saber por qué lo hizo, pero vamos, que no le des más vueltas. Venga, que te llevo yo al pueblo, están todos esperándote.

—¿Pero a nadie le ha molestado lo de Marino? —quiso saber Benja.

—Bueno, ya sabes, los viejos del bar piensan que algo le hiciste, ¿pero a quién le importa lo que digan unos boomers borrachuzos? Venga, que no tenemos todo el día.

—Es que en verdad pensaba volver a Madrid, como mis amigos eran los del bar…

—¡No digas tonterías! —se sobresaltó Zoe, risueña. —Lo que tienes que hacer es empezar a venir con nosotros, ya verás qué bien te lo vas a pasar. Con nosotros sí que te vas a sentir integrado.


Todo el camino de vuelta a San Damián de los Pinares, Zoe estuvo dándole la tabarra sobre alimentos modificados genéticamente, pero Benja fingió curiosidad durante la hora y media de viaje. Al llegar, Zoe le avisó para quedar al día siguiente con todos y le dejó en su casa. Mientras se alejaba, Zoe pensó que hacía bien incluyéndole después de lo que le había hecho pasar. Además, si al final todo aquello llegaba a juicio, iban a necesitar aliados.

Benja entró en su casa y fue directo a la cama. No quería encontrarse con nadie del pueblo. Entonces, en el salón, vio un paquete. Asustado, lo abrió con cuidado. Era una boñiga de vaca con una nota. “Bienvenido a Puerto Hurraco”, rezaba. Benja chilló.


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