6 de Enero | ørdez | 2023
—ørdez
6 de Enero
La mañana de Reyes, Benajmín despertó con frío. Bajó de su alcoba al salón, donde se percató de que uno de los cuartillos de la ventana se había quedado abierto. Lo intentó cerrar bien, pero estaba roto.
El recuerdo de su padre estaba en cada rincón de esa maltrecha casa. Después de casi una semana, había adecentado su cuarto y el salón, que tan solo se separaban por una cortinilla. También había conseguido arreglar la caldera y la cocina, que eran una fuga inminente, con la ayuda de Afîl, que se dedicaba a arreglar todas las ñapas del pueblo. Todos le llamaban Negro, pero Benja prefirió referirse a él siempre por su nombre. Todavía quedaba por hacer la instalación de Wi-fi, que le iba a ser muy necesaria para trabajar si quería quedarse más tiempo. Había tenido que enfrentarse a la melancolía en cada esquina y al mismo tiempo, se la hacía difícil salir de esas cuatro paredes. El resto de la semana había bajado dos veces al bar para tomarse apenas una cerveza y volver de nuevo a esa casa. Se le seguía haciendo incómoda tanta hospitalidad.
Cuando se hubo rendido con el cuartillo, decidió que ese día iba a salir de casa. Para su asombro, la Plaza estaba abarrotada de niños que hacían fila frente a tres hombres disfrazados de Reyes Magos. Se acercó más. Bajo el disfraz de Melchor, sorprendentemente, estaba Marino; bajo el de Gaspar, de forma más inesperada todavía, la señora Balvina, la que vivía en el Camino del Molino; y Baltasar, como no podía ser de otra forma, estaba encarnado por Afîl. Benja se preguntó que pensarían sus colegas de Madrid de aquello. Marino le reconoció, le saludó y le hizo gestos para que se acercara.
—¡Mira a quién tenemos aquí! —saludó Marino. —¿Cómo así te animas?
—Ya iba siendo hora de hacer vida en comunidad, ¿no? —bromeó. Marino se rio.
—Pues mira, me viene genial que estés aquí. —Se rebuscó en un bolsillo de la túnica. —Necesito que vayas al bar y lo cierres bien. —Le tendió un llavero. —Que con las prisas, lo he dejado abierto.
Benja aceptó y bajó la Calle Mayor hacia su destino. Zoe y Gorka, otro de los hippies, se cruzaron en su camino.
—¡Benja! ¡Cuánto tiempo sin verte! He oído que te ibas a quedar, ¿no? —preguntó Zoe. A Benja le sorprendió mucho que Zoe, que apenas había tenido una o dos conversaciones con él, le tratase tan bien de golpe.
—¿Eh? Ah, sí —contestó confundido.
—Por cierto, este es Gorka, que creo que no os conocéis aún —presentó.
Los dos hombres se dieron un fuerte apretón de manos. Benja se frotó la mano después, dolorido.
—Bueno, tengo que ir al bar a hacer una cosa que me ha pedido Marino —informó. —Ya nos vemos por ahí.
—¡Espera! —le detuvo Zoe. —Toma, un regalo de Reyes. —Sacó un anillo de cerámica casero.
A Benja le pareció un gesto muy noble, pero cuando Zoe empezó a probarle anillos diciéndole que ninguno le valía, se empezó a volver incómodo y pidió que parara.
—Bueno, es igual. Me quedo con este mismamente, que es que mis dedos son un poco raros. Muchas gracias, eh. Es un detalle muy bonito —concluyó.
Se marchó rápido al bar. Estaba vacío, con la puerta entornada pero sin cerrar, como le había dicho Marino. Cerró bien y regresó a la plaza. “¿Por qué habré dicho que mis dedos son raros?”, pensó. “Yo, de hecho, diría que son bonitos”. Se puso el anillo de cerámica. Le gustaba bastante. Ahora sí, tenía ganas de disfrutar de la vida en comunidad.
—¡Por fin! —exclamó Zoe cuando Marco y Santi llegaron. Eran los otros dos de la cuadrilla. —No sabéis lo que nos ha costado entretener al nuevo para que no os descubriese.
—El cabrón de Marino la tenía muy bien escondida —señaló Marco.
—¿Pero la habéis conseguido? —interrogó Zoe.
Santi sacó una bolsa de debajo de su abrigo.
—Ya lo creo.
Le pasó el saco y ella lo abrió. Dentro había una estatuilla de la Virgen del Pilar. Zoe le miró muy sorprendida buscando confirmación.
—No se dónde diantres la consiguió el viejo, pero es la original, te lo aseguro.
Comentarios
Publicar un comentario