7 de Enero | æklef | 2023
Zoe y sus amigos habían decidido tomar un día de silencio exterior y palabra interior. Nadie dijo nada en todo el día. Cuando se cruzaban, agachaban la cabeza en señal de saludo para después regresar a su mundo interior donde debatían qué hacer con aquella estatuilla de la Virgen del Pilar. La noche anterior su hermandad estuvo a punto de romperse bajo las duras palabras con las que se acusaban los unos a los otros y la apoplejía incapacidad de la asamblea por decir qué hacer con esa dichosa estatuilla. Un día de silencio exterior y palabra interior. Eso había decretado la asamblea. Después, al amanecer del día 8, volverían a reunirse para decidir el futuro de la estatuilla y, como todos intuían pero nadie aceptaba, el de su comunidad. Las palabras que gritaron no podrían borrase ya de la memoria. La asamblea había confiado a Zoe que custodiase la Virgen del Pilar. La idea le causó risa, después pánico. ¿Ella cuidando de una virgen? ¡Si ni siquiera estaba bautizada! Pero la asamblea había votado por unanimidad y ella no tuvo más remedió que aceptar. Se dijo así misma que no pasaba nada, que la figura no era una virgen, que antes de eso había sido un ídolo pagano. Se dijo a sí misma que estaba liberando la auténtica esencia de la estatuilla. Guardó la estatua detrás de la cascada de San Damián, estaba segura de que nadie del pueblo repararía en que detrás de esa caída eterna y constante de agua se podía distinguir la estatuilla. Aunque por si acaso, se quedó frente a la cascada mientras reflexionaba. Sabía que nadie del pueblo se le acercaría. Sabía que la estatua estaba segura. O eso creía.
El mundo de Zoe se redujo a ese pequeño barranco en el que el sonido de la cascada lo acapara todo. Le fue imposible intuir que apenas kilómetro y medio más abajo, Marino estaba abriendo su taberna. Le fue imposible escuchar el grito furioso de Marino. Ese grito que escuchó todo el pueblo. Ese grito que avisó a los vecinos de San Damián de los Pinares de que la tranquilidad de la que habían gozado, se terminaba.
—¡Hijo de la grandísima puta! Has salido igual de ladrón que tu maldito padre, ¿eh? ¡Mala hierba nunca muere! Cabrón, malnacido, traidor de pacotilla… ¡Te voy a matar en cuanto te coja!
Como todos en el pueblo, Benjamín había escuchado el primer grito. Pero solo fue Benjamín quien sintió los gritos acercarse, solo fue él que empezó a distinguir cada palabra que Marino escupía a los cuatro vientos, solo fue él quien empezó a temer que aquellos improperios iban dirigidos contra él. Fue solo a la casa de Benjamín a la que Marino se dirigió. Lo hizo con su vieja escopeta cargada.
Pum. Pum. Pum.
—¡Abre, ladrón de mierda! ¡Sé que la tienes aquí guardada, canalla!
Pum. Pum. Pum.
Benjamín no sabía si abrir la puerta.
—¡Abre! ¡¿Me oyes?! ¡Abre o te juro que no sales de esto pueblo con vida valiente hijo de puta!
Pum. Pum. Pum.
😳 que intriga
ResponderEliminarVenga… quien quiera de los dos, dadle al play. No vale , cortar de pronto 👀
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